Monday, April 1, 2013

el olor de la muerte


Tras su intempestivo arribo, se adelanta altivo y de inmediato a lo que hay por visitar.
Galopa una extensa plaza derruida en ropas grises y empapadas. El cabello verde escurriendo aún. Frente al rostro el velo tenue de la lluvia que termina lenta de caer. Expiran perfumadas gotas de a montón al ras del pasto, entre madera y tierra húmeda, sobre el cemento, siempre frío, distante.
Impregnado, olfatea las banquetas. Clava su mirada antigua en un solo punto a lo lejos detectado y se le arroja con irrefrenable furia alimenticia. Embiste, es una ráfaga violenta que sacude el edificio entero entre alaridos de cazar.
En el último piso, ella duerme, sumergida en oscuridad. Fuera, los aullidos animales del ventoso predador. Ruidos a navaja tras el vidrio la envuelven en un trance en el que ojos con fijeza la observan hasta subyugar su voluntad, la llevan a abrir el ventanal, a sumergir el rostro al aire frío, a desear probar las alas.
A punto de perder el equilibrio irrumpe protectora una campana y su conciencia estremecida observa sin aliento la noche que se extiende desde el cuarto. La cortina ondea. Los tañidos continúan.
Alcanza a oírse el galope agazapado de algo loco que se escapa y deja al alejarse rastros leves de un aroma hermoso, indescifrable, a verde mojado, a la distancia. Quizá sólo a la sensación de la noche y al frío que acompaña cuando hay lluvia triste de por medio.

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