Al parecer, hay bases suficientes
para creer en su extravagante explicación sobre el origen del cosmos (universo, realidad), nacido, según esto, de la explosión de un
punto.
Lo que más me impacta
de la idea (una vez dándole cabida) es que la explosión ocurrida no tuvo, ni tiene centro; explota, o digamos que aparece y se expande no sólo en todas
direcciones sino dimensiones posibles también.
No afirmaría que logro
entenderlo o concebirlo, aún. Registrada en la mente tenía la imagen
de una bomba en explosión expandiéndose hacia todos lados, como globo
que se infla. Justamente la representación visual que el
científico-narrador mostraba como errónea. Lo que en realidad ocurre, explicaba, es una expansión no sólo en todas direcciones sino ¡en toda forma concebible! ¡Y sin centro!
Habrá que aterrizar la idea,
me digo, a una realidad más próxima, diaria y tangible. La vida la percibo en un continuo movimiento y evolución; este enunciado palabra por palabra avanza;
días, meses, años pasan; el clima cambia, las estrellas, el conocimiento, la
destreza, el viento; pasos, huesos, crecimiento; ribosomas, electrones... ¿De qué forma la
expansión ocurre? Lo cierto es que una expansión sólo en términos de distancia
pronto muestra su parcialidad.
El entendimiento de un
universo y una vida en expansión como bomba o globo ya caducan, junto con una canasta de
creencias obsoletas. Ideas que me hacían concebir un estrafalario y sin sentido mundo en
viaje, con seres diminutos montados en planetas, a su vez viajando en expansión. Distanciándose y desintegrándose en célula y materia hacia todas partes. Apartándose y dejando de ser hacia todas partes. Sin mayor explicación.
