Comienza la locura del sonido posible. Me digo ‘hay que
romper esquemas, todos, no temer’. Subo a todo el volumen, aprieto teclas a lo
loco, invento los ejercicios; éstas, esas teclas, las escalas; Claro de Luna versión
personal…
Intermitente el pánico. No sé qué hacer o sentir. 'Sigue como si nada', me digo. Pero no tiene caso seguir. El sonido es de muy diferente calidad. El temor lo torna defectivo. Podía parar, reiniciar, asegurarme de que el enchufe conectara bien, pero una idea me engancha: imaginar ponerme los benditos audífonos, de nuevo. Lo hago, y todo cambia.
Cuesta un poco, el pesimismo constante ataca, quiere detenerme, pero siento ya cómo poco a poco empiezo a sintonizar la frecuencia donde nada de eso cuenta. Ni siquiera viene al caso porque la atención se ha desplegado en otras cosas. No es que ahora ya no me importe la cuestión. Simplemente ‘eso’ se ha desvanecido, estoy en otra parte.



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