Estábamos los tres en el patio de arriba de la casa de Jimmy cuando ella
enloqueció. Se transfiguró. Sólo de pronto estaba diferente, grotesca.
--No
le pongas atención –insistía Jimmy. Ya intentaba aparentar control cuando ella rasga el ambiente con una risa como de asno o cerdo, su interior se mostraba en superficie desafiante con ojos bien abiertos y fijos en todo a un solo tiempo. Sensaciones de caer en trance comenzaron a brotar.
Jimmy
como siempre, inmutable, denotaba saber con precisión lo que deambulara por esos
pasillos de conciencia. --A veces esto
sucede –explicaba, pronunciando esto como
diciendo 'la manifestación que atestiguas’.
Más
tarde la mete al cuarto y sale para decirme que quiere pedirme un favor, que no
lo deje solo con ella.
La
cama era alta, con una malla sobrevolándola y objetos de metal regados, pero en
especial encadenaba la atención un hedor que saturaba el aire con una
insoportable pestilencia a queso rancio, pies, vagina, encierro. Fue un olor lo
que me sacó de ahí y también lo que determinó el curso posterior de los
eventos. De ahí en adelante las cosas ya no fueron bien entre Jimmy y yo. Consideraba
que lo había traicionado.



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