Una niñita a quien no conozco brinca inquieta. Le pido que me ayude pero no quiere. En eso, con el rabillo noto una sombra blanca cruzar, o una luz, sin figura.
--¿Viste algo?
----Sí –contesta sin palabras.
Un tipo rechoncho nos mira, de azul, aristocrático, como en porcelana, desgastado pero ahí bien
presente, despeinado y con chapas. Me espanta de inmediato pero sé que gritar lo
hará desaparecer, o a mí despertar. Sólo que antes cruzo por una vaguedad.
Estaba queriendo usar el elevador de siempre, ahora el de la derecha porque el de la izquierda no servía. Me voy a tirar por el tobogán y alguien viene conmigo: ‘¿Estás seguro de estar listo?’ Nos lanzamos. Y yo suelto un alarido con la nota más alta e inverosímil, agudísima, como las niñas del concierto, como delirantes jets al levantar el vuelo.
Estaba queriendo usar el elevador de siempre, ahora el de la derecha porque el de la izquierda no servía. Me voy a tirar por el tobogán y alguien viene conmigo: ‘¿Estás seguro de estar listo?’ Nos lanzamos. Y yo suelto un alarido con la nota más alta e inverosímil, agudísima, como las niñas del concierto, como delirantes jets al levantar el vuelo.
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